martes, 30 de junio de 2015

Santos Inocentes.

En realidad la culpa es nuestra. Por oirlos. Por hacerles creer que les creemos. Porque, vaya una a saber por qué, decidimos escucharles el cuentito que nos hacen y, junto con ellos, atacar a "la otra" que es una buscona, una robamaridos, una loca que sólo quiere romper la felicidad que tanto nos costó contruir.

Pero, para que una mujer se meta en el medio de una pareja feliz...hace falta que un señor infiel decida romper su "contrato" y darle el lugar a la tercera en discordia. Y ahí empiezan los problemas...y los cuentitos.

"Se embaló". El tipo, casado, tuvo romance con la señorita durante dos años. La llamaba a las horas más extrañas, al cerrar su negocio, al llevar su vehículo al servicio de mantenimiento, cuando iba al banco, o a la salida de una reunión semanal con amigos a donde iba a comer y jugar a las cartas. Él decidía cuando, donde a qué hora. Y lloraba sobre su infelicidad conyugal. Su esposa tuvo una sospecha fundamentada y él dijo que jamás había pasado nada, que la señorita se había embalado y terminó reconociendo que sólo había habido un tímido beso hacía dos años, cuando habían pasado una crisis conyugal y se habían separado.

"Me puso un gualicho". Parte I. Ellos eran novios. Ella estaba perdidamente enamorada de él. Eran jóvenes, pensaban casarse, estaban armando todo para el evento. Un día descubrió que él la engañaba. Se puso furiosa, Se enojó. Quería gritarle, escupirle en la cara, abofetearlo hasta que dejara de sentir la mano. Él puso su mejor cara de nada. Le dijo que alguien le había hecho un hechizo, un embrujo, que le habían dado algo porque no era dueño de sí mismo en ciertos momentos, que perdía la consciencia y que no sabía qué era lo que hacía, porque una fuerza superior lo poseía y luego no recordaba nada. Ella lo perdonó la primera vez. Hubo una segunda vez. Y a la tercera, lo dejó.


"Me puso un gualicho" Parte II. Eran una pareja que llevaban muchos años de casados. Por circunstancias laborales, vivían en distintos lugares y se veían los fines de semana. Ella comenzó a sospechar algo y un día decidió caer de sorpresa a mitad de semana. Tocó el timbre y la puerta, la abrió una joven mujer semidesnuda. Hubo enojos, gritos, peleas, amenazas de separación. La solución fue que él le dijo que ella lo hechizó con alguna cosa, que estaba poseído. Fueron a un curandero que les recomendó hacer ciertas cosas, y se fueron a una playa de viaje de reconciliación.


"Me raptaron". Miro una novela turca. La escena está ubicada en un prostíbulo en donde hacen un allanamiento. La "madama" hace esconder a los que puede en el sótano. La policía revisa todo y encuentra a los señores. Uno grita "me raptaron"...la excusa pueril, porque no estaba atado, ni amordazado y a su alrededor solo había mujeres con poca ropa y tacos altos, uniforme complicado para tratar a una víctima de secuestro.

Estos y otros "versos" son los que nos hacen los hombres a las mujeres, en Argentina y en cualquier parte del mundo...¿Por qué? Porque nosotras lo permitimos. Porque ellos saben que los vamos a perdonar...Nos juran que jamás volverán a hacerlo. Hasta que nos relajemos y no nos demos cuenta, estemos distraídas con algo más y ellos vuelvan a las andadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario